La Excelencia

Es sabido que el Coaching  ha puesto de moda mediante los entrepeneurs o coachers, la actitud, virtud, bondad o talento  para sacar lo más sobresaliente de nosotros mismos; lo que se hace llamar Excelencia en el trabajo. Pero no hay nada nuevo bajo el sol. En la Antigua Grecia ya se hablaba de ella como  “areté”.
Y sin embargo ¿por qué precisamente ahora vuelve a rescatarse esta calidad o bondad  superior que exalta las normas consuetudinarias u  ordinarias en la que el camino emprendido se ha de convertir en disfrute o deleite y en donde el error equivale más que a fracaso a oportunidad de mejora o de cambio?
Como bien constataba Albert Einstein, “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.”
Es suficientemente obvio que no estoy haciendo otra cosa que redundar en la frase del genial científico pero a veces las verdades, aunque sean eso, verdades, no dejan de ser verdades como un templo. Por eso A. Einstein tenía razón en su siglo y sigue teniendo razón en éste. La crisis global nos ha acarreado o traído nuevos planteamientos, cuestionamientos de envergadura o de mayor calado, interrogaciones sobre nuestro posicionamiento ante un mundo cada vez más cambiante y líquido. Hemos empezado a trazar y a estudiar conceptos como flexibilidad, Economía sostenible, proactividad, capacidad de liderazgo, escucha y adaptación, Excelencia frente a exigencia, oportunidad frente a fracaso/error. Y sin embargo hablamos sobre conceptos, un tanto etéreos para nuestro voraz intelecto, sin saber a ciencia cierta a dónde queremos llegar o ignorando cuál es al final nuestro propósito último.
Las personas no podemos llegar, ni ahí donde nuestro corazón nos requiera (nuestro “yo” emocional) ni allí donde la razón dictamine (nuestro “yo” racional), si no sabemos de verdad qué sentido tiene nuestro trabajo, ni qué objetivos (siempre realizables) queremos alcanzar, por muy rococós y biensonantes que sean los conceptos de los que platica o habla nuestra presumida lengua… que no viperina.
Lo primero por tanto es tener conciencia de a dónde queremos llegar y con qué herramientas contamos. El conocimiento sobre aquello que, bien más nos apasiona o bien más dificultad nos entraña, resulta esencial para valorar… no qué podemos aportar de bueno… sino cómo podemos dar, sin excesivo perfeccionismo encorsetado, lo mejor de nosotros mismos. Nadie que carezca de vocación de servicio podrá presumiblemente entender qué significa la sonrisa y el agradecimiento de un Cliente más que satisfecho con el trato recibido.
Y sin embargo todo aquel que inicie o acoja una relación clientelar con una sonrisa, todo aquel que le preste verdadera atención y le ayude a resolver su, para él y por qué no decirlo, también para nosotros, acuciante necesidad, (ha llegado a “ponerse en sus zapatos”), entenderá que, con un simple y gratuito gesto, y con voluntad de ayudar y de sorprender, está dando lo mejor de sí mismo.
Aún así, debemos llevar sumo cuidado; a veces se desdibuja la línea divisoria que separa el  hecho mismo del servicio de lo que se hace llamar “servilismo”. Dar lo mejor de uno no es rebajarse a una condición inferior de criado. La manida afirmación de  “el cliente que paga siempre tiene razón“ tiene sus lagunas. Intentar ser excelentes sí siempre, pero tontos nunca. Debería tenerse en cuenta que  La Excelencia no sólo debe dirigirse al Cliente; el proveedor del servicio también es digno de la mejor atención.
Las aportaciones que ofrece la Excelencia son muchas y variadas: tranquilidad, conciencia tranquila, paz interior, reconocimiento y satisfacción personal y sobre todo la agradable sensación del trabajo bien hecho.
USUE MENDAZA

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