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Mostrando entradas de junio, 2016

A Friedich Hölderin

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A Friedich Hölderin
Los campos abiertos eran como los días de la siega, y la siega como el preludio de nuevas bonanzas o como el canto de las serraniegas cuando laboreaban con sus brazos lozanos. Desde la umbría, apenas me importunaba que no diera el sol en aquella parte de la hacienda; Siempre se escuchó la tonadilla musical del tocadiscos en la casa familiar y solariega. Estuve yo enamorado de una mujer- de esta serranía y de aquella familia-, cuyo nombre no me atrevo a pronunciar y a la que yo apodé como Diotima*, por encarnar no sólo un amor platónico, ya que por mi humilde condición era inapropiado e inexcusable que me acercara a ella, sino por dar luz, pensamiento, espíritu y forma a mis versos, alegoría de este amor espiritual que sentí y que todavía siento. No sé qué habrá sido de su vida. Sólo sé de ella por mis versos y por  los días de siega, que se le parecen, porque se escudriña en ellos, mañanas laboriosas y tardes de sosiego, el elixir de su divina sembla…

La Inspiración

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Picasso tenía razón cuando decía que la inspiración te tiene que pillar trabajando. Trabajando con la mente, con el pincel, con el ordenador pero trabajando. Porque admitamos que nada en esta vida es gratuito y la inspiración tampoco lo es. Dentro del proceso creativo, el artista, pintor, escritor, artesano o creador de cuantos oficios presuma el Arte de crear, quienes  por lo general tienen un grado de sensibilidad mayor o más acentuado que el común de los mortales, no siente ni mucho menos  la inspiración como la varita mágica que le hace pintar, escribir o componer con un simple chasquido de dedos.  En el Arte nada está predeterminado y el artista se deja llevar por una idea, una imagen, puede que un recuerdo, que quizá antes ni siquiera estuvieron en su mente y que ha podido captar en el momento más  álgido del proceso de la creación;  sin duda su momento más placentero.
Para los griegos homéricos inspiración es sinónimo de respiro (breath) y es precisamente Homero…

Palacio de la Granja de San Ildefonso

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El Real Sitio de la Granja de San Ildefonso resulta una parada obligatoria en el itinerario de cualquier buen viajero que así se precie. Tuve yo la oportunidad de visitar este paraje guadarrameño cercano a Segovia cuando era una niña. Recuerdo un día familiar, soleado, la impronta  del estilo versallesco y la majestuosidad de sus mitológicas fuentes y los amplios jardines escalonados. Del interior de palacio apenas tengo recuerdos ya que ese día probablemente estuviera cerrado al público aunque intuyo una decoración no exenta de suntuosidad y de barroca elegancia. Los cuartos de la crujía de levante que dan a los jardines  fueron decorados intencionadamente a deseo expreso de los monarcas, con espejos, cuya funcionalidad estaba dirigida a reflejar visualmente la vida palaciega en el exterior. La propia Reina Victoria Eugenia queda  fascinada por el regio paraje y escribe una carta a su amiga Alice :
Ahora estamos al fin solos (es una manera de hablar porque tampoco es del…

La buena educación

Sobre cualquier hecho espontáneo, sobre el magnetismo de los impulsos se posa siempre la realidad. La espontaneidad ha ganado en descrédito y las normas se fijan sin la delicadeza íntima de los buenos sentimientos. Nos educaron para ser el más listo de la clase o para saber la lección de memoria siempre con la tosquedad de nuestro exiguo  repertorio humano. Así de emocionalmente pobres hemos crecido. No nos educaron para amar. El amor es hoy un primitivo resquicio indiferente y pasajero, una palabra de uso trivial que banaliza las relaciones humanas. No nos educaron para perdonar, para saber cuándo pedir ayuda o para cómo escuchar ni para ser ciudadanos de pleno derecho con todas las letras de la Ley, respetándonos y sabiéndonos respetados.  Sí nos educaron para conseguir hacer un máster, para ir de Erasmus o para doctorarnos. No nos hablaban de la sensibilidad en clase de Arte o Literatura ni nos preguntaban por qué misteriosa razón un cuadro o un poema nos causaba co…

La dulzura

No te pido que me despiertes con esa sonrisa tuya, tantas veces disimulada; no te pido que me hagas el desayuno ni que me mandes flores al trabajo por mi cumpleaños; No te pido que, de vez en cuando, recuerdes esas fechas, imprescindibles en una pareja bien avenida, como nuestro primer encuentro casual en aquella librería de tres al cuarto; No te pido que reboses de alegría cuando te llamo. Ni siquiera te pido que tengas hijos conmigo.  Sólo te pido que me trates con la tierna levedad que sólo da la DULZURA, esa dulzura lorquiana que regala la mañana quieta, apenas un rumor de piano y blancos patios, rebosantes de geranios y fuentes de agua liviana. Las gotas, al caer de manera intermitente en los  azulejos limpios, van acariciando despacio  la  piedra inmortal, dulce remanso del agua, hasta  que llegas tú como siempre vociferando y mis manos apresuradas, tocan unas notas tan imprecisas que las flores ya no lucen igual ni resuena acompasada la fuente alegre.  Hoy al men…